Sobre la pena de muerte

Sobre la pena de muerte  

El asesinato es único en el sentido de que suprime la parte que lesiona, de modo que la sociedad tiene que tomar el lugar de la víctima y en su nombre exigir la reparación o el perdón; Es el único delito en el que la sociedad tiene un interés directo. -W. H. Auden

Dios es muy claro en lo que refiere al tema de la pena de muerte. A pesar de que Dios ordena No asesinar (en oposición a no matar) en los Diez Mandamientos, hay una larga lista de pecados (asesinato entre ellos) para los que Dios prescribe la pena de muerte. Ya a Noé y a sus hijos Dios advierte: “El que derrame la sangre del hombre, por el hombre será derramada su sangre, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre” (Génesis 9: 6).

Sin embargo, los rabinos explican que en la mayoría de esos casos, es muy raro que se lleve a cabo la pena de muerte. El culpable debe haber recibido una advertencia explícita y detallada antes de cometer el pecado; Es necesario que haya habido dos testigos válidos del pecado y una variedad de otros requisitos judiciales. Ningún video o evidencia circunstancial es suficiente.

El más sediento de sangre entre nosotros puede sentir que esta suspensión práctica de la justicia es injusta. ¿Cómo es posible que todos estos pecadores y asesinos puedan vagar libres e impunes? El Talmud nos dice que no nos preocupemos. Dios tiene su manera de infligir el castigo correcto a cada individuo que lo merece, en el momento adecuado y en la forma correcta, si el tribunal humano no puede cumplir con su deber.

El más misericordioso entre nosotros puede sentir que el castigo por crímenes, incluso uno tan odioso como el asesinato, es injustificado, y que la pena de muerte no tiene lugar en la civilización moderna.

El Rabino Hirsch en Números 35:33 explica parte de la justificación de la pena de muerte:

“Una sociedad humana que no considera la sangre de cada uno de sus miembros como sagrada, una que no toma partido por la sangre humana inocente que ha sido derramada, niega el propósito mismo por el que operan las fuerzas de la tierra”.

“La hipocresía puede ser purgada de la tierra sólo si la sangre inocente que se ha derramado, y el ser humano que ha perdido su vida como resultado, encuentran un defensor en la sociedad que le sobrevive y el asesino está obligado a expiar su acción muriendo a manos de esa defensa, perdiendo así su propia vida, de la cual ha perdido su derecho por su crimen. Porque como ha derramado la sangre de su prójimo, su propia sangre ya no tiene derecho a la vida; Ha perdido su derecho a la existencia. Y tolerar la continuación de la existencia de alguien que deliberadamente asesinó a un prójimo sería una farsa de la dignidad del hombre, que fue hecho a imagen de Dios “.

Que todos los homicidas sean llevados ante la justicia, así sea terrenal o divina, y veamos justicia en la tierra.

Shabat Shalom,

Ben-Tzion

Dedicación

En la confluencia del Tratado Sanedrín del Talmud de Babilonia que hemos iniciado esta semana en el ciclo de Daf Yomi, con las Leyes de Sanedrín de Maimónides que estamos en medio del ciclo de Rambam Yomi, ambos sobre el tema de la pena de muerte.

 

Rabino Sacks Matot-Masei 5777 – La voz profética

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

La voz profética

Matot-Masei –  2017 / 5777

Rabino Sacks MatotMasei 5777 [PDF]

Durante las tres semanas que van desde el 17 de Tamuz hasta Tisha Be Av en las que recordamos la destrucción de los Templos, leemos tres de los más tórridos pasajes de la literatura profética; los primeras dos al comienzo del libro de Jeremías y el tercero, la semana siguiente, en el primer capítulo de Isaías.

Quizás en ningún otro período del año percibimos tan agudamente la fuerza perdurable de los grandes visionarios de Israel. Los profetas no tenían poder. No eran reyes ni miembros de la corte real. No eran, en general, sacerdotes ni miembros del grupo religioso. No tenían funciones. No eran elegidos. Eran, con frecuencia, profundamente impopulares, ninguno más que el autor de la haftará de esta semana, Jeremías, que fue arrestado, golpeado, abusado y procesado, salvándose a duras penas de la muerte. Raramente fueron aceptados los profetas en su tiempo: la excepción más clara es la de Jonás, que hablaba a no judíos, a los habitantes de Nínive. Pero sus palabras fueron registradas para la posteridad y se transformaron en importantes textos del Tanaj, la Biblia hebrea. Fueron los primeros críticos sociales del mundo, y sus mensajes continúan vigentes a través de los siglos. Como casi dijo Kierkegaard alguna vez: cuando muere el rey, termina su poder, pero cuando muere el profeta, su influencia comienza. (1)

Lo distintivo del profeta es que no predecía el futuro. El mundo antiguo estaba lleno de esos personajes: videntes, oráculos, adivinos, exorcistas y chamanes que se atribuían el control de las fuerzas  que gobiernan el destino y que “modelan nuestro fin o lo ajustan a su voluntad.” El judaísmo no tiene tolerancia para esa gente. La Torá prohíbe “al que practica la adivinación o magia, que interpreta los signos, que se dedica a la brujería, que manda hechizos, o que es un medium o espiritista que se conecta con los muertos” (Deut.18: 10-11). No cree en esas prácticas porque cree en la libertad humana. El futuro no está predeterminado. Depende de nosotros y de las elecciones que hagamos. Si una predicción se cumple, es exitosa; si la profecía se cumple, ha fracasado. El profeta nos dice lo que ocurrirá si no observamos los peligros y enmendamos nuestras vidas. El (o ella, ya que hay siete profetisas bíblicas) no predicen: advierten.

Tampoco fue original el profeta al bendecir o maldecir al pueblo. Ese era el don de Bilaam, no el de Isaías ni el de Jeremías. En el judaísmo, la bendición viene  de los sacerdotes, no de los profetas.

Varios factores hicieron que los profetas fueran especiales. El primero fue su sentido de la historia. Los profetas fueron los primeros en ver a Dios en la historia. Tendemos a tomar nuestro sentido del tiempo como algo dado. El tiempo ocurre. El tiempo fluye. Como expresa el dicho: el tiempo es la forma que tiene Dios de evitar que todo ocurra a la vez. Pero en realidad hay varias formas de relacionarse con el tiempo y distintas civilizaciones la han percibido en forma diferente.

Hay un tiempo cíclico: como el lento progreso de las estaciones del año, o el ciclo de nacimiento, crecimiento, declinación y muerte. El tiempo cíclico es el que ocurre en la naturaleza. Algunos árboles tienen larga vida; los insectos de la fruta, muy corta; pero todo lo que vive, muere. Las especies perduran, sus miembros individuales no. En Kohelet se encuentra una de las expresiones más famosas del tiempo cíclico en el judaísmo: “El sol sale y se pone, y gira de vuelta adonde salió. El viento sopla del sur y se torna al norte; da vuelta y vuelta, volviendo siempre a su paso…Lo que se hizo, volverá a hacerse nuevamente; no hay nada nuevo bajo el sol.”

Hay también un tiempo lineal: el tiempo como secuencia inexorable de causa y efecto. El astrónomo francés Pierre-Simone Laplace transmitió esta idea mediante su famosa expresión de 1814 cuando dijo que “si conoces todas las fuerzas que pone en marcha la naturaleza, y todas las posiciones de todos los elementos que la componen” así como todas las leyes de la física y la química, entonces “nada sería incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes” ante tus ojos. Karl Marx aplicó esta idea a la sociedad y a la historia. Se conoce como la inevitabilidad histórica, que trasladada a los asuntos de la humanidad constituye una negación masiva de la libertad personal.

Finalmente hay un tiempo como mera secuencia de eventos sin ningún tema básico. Esto conduce al tipo de escritura de la historia liderada por los sabios de la antigua Grecia: Herodoto y Tucídides.

Cada uno de estos tiene su lugar, el primero en la biología, el segundo en la física y el tercero en la historia secular, pero en ninguno de estos casos el tiempo es como lo consideraban los profetas. Ellos veían al tiempo como el sitio en el cual se desarrolla el drama entre Dios y la humanidad, especialmente en la historia de Israel. Si Israel cumple con su misión, con el pacto, entonces florecerá. Si no lo hace, caerá. Sufrirá derrotas y exilio. Eso es lo que Jeremías nunca cesó de anunciar a sus contemporáneos.

La segunda introspección profética fue la inquebrantable conexión entre el monoteísmo y la moralidad. Algunos profetas intuyeron – está implícito en todas sus palabras, aunque no expresado explícitamente – que la idolatría no era solamente falsa. También generaba corrupción. Veía al universo como una multiplicidad de poderes que frecuentemente chocan. La batalla favorecía a los más fuertes. La fuerza vencía a la razón. Los más aptos sobrevivían y los débiles perecían. Nietzsche creía esto, así como los darwinistas sociales.

Los profetas se opusieron a esto con todas sus fuerzas. Para ellos el poder de Dios era secundario; lo que importaba era la rectitud de Dios. Precisamente porque Dios amó y redimió a Israel, Israel le debía lealtad como su único y último soberano, y si le fueran infiel, también lo serían a sus congéneres. Podrían mentir, robar, engañar: Jeremías dudó de que hubiera una sola persona honesta en todo Jerusalem (Jer. 5: 1). También serían adúlteros y promiscuos sexualmente: “Yo les entregué todo lo que necesitaban, y sin embargo cometieron adulterio y colmaron las casas de prostitución. Son corceles vigorosos, bien alimentados, cada uno deseando la hembra ajena” (Jer. 5: 7-8).

La tercera y gran introspección es la primacía de la ética sobre la política. Lo que dicen los profetas sobre la política es sorprendentemente escaso. Sí, Samuel tenía sus reservas sobre la monarquía, pero no encontramos casi nada en Isaías o Jeremías acerca de cómo Israel/Judá debía ser gobernada. En lugar de eso hay una insistencia constante en que la fortaleza de una nación – ciertamente Israel/Judá – no es militar ni demográfica sino moral y espiritual. Si el pueblo mantiene su fe en Dios y en sí mismo, ninguna fuerza lo puede derrotar. Caso contrario, ninguna fuerza lo podrá salvar. Como dice Jeremías en la haftará de esta semana, descubrirán tardíamente  que sus falsos dioses les ofrecían falsa seguridad.

Le dicen a la madera ‘Tú eres mi padre’, y a la piedra ‘Tú me has hecho nacer’. Me han dado vuelta la espalda y no sus caras; pero cuando tienen problemas me dicen: ‘Ven y sálvanos!’ Dónde están los dioses que se fabricaron? Que vengan a salvarlos cuando tienen dificultades! Pues han fabricado tantos dioses como ciudades, Oh Judá. (Jer. 2: 27-28)

Jeremías, el más apasionado y atormentado de todos los profetas, ha pasado a la historia como el profeta de la perdición. Pero es injusto. También fue el profeta supremo de la esperanza. Él es el hombre que dijo que el pueblo de Israel será eterno como el sol, la luna y las estrellas (Jer.31). Es el hombre que, mientras los babilónicos sitiaban a Jerusalem, compró un campo como gesto público de fe en que los judíos retornarían del exilio: “Pues esto es lo que el Señor Todopoderoso, el Dios de Israel dice: Casas, viñedos y campos serán nuevamente comprados en esta tierra” (Jer. 32)

Los sentimientos de perdición y de esperanza de Jeremías no estaban en conflicto: son dos caras de la misma moneda. El Dios que sentenció a Su pueblo al exilio sería el que lo trajera de vuelta, porque aunque el pueblo lo podrá traicionar, Él jamás lo haría. Jeremías podía haber perdido la fe en el pueblo, pero nunca perdió la fe en Dios.

La profecía terminó en Israel con Haggai, Zajaria y Malají en la época del Segundo Templo. Pero las verdades proféticas nunca cesaron de ser ciertas. Sólo siendo fieles a Dios las personas pueden ser fieles unos a otros. Sólo estando abiertos a un poder mayor que a ellos mismos, pueden ser más grandes que ellos mismos. Sólo comprendiendo a las fuerzas profundas que modelan la historia puede la gente vencer los estragos de la historia. Llevó mucho tiempo para que el Israel bíblico aprendiera estas verdades, y ciertamente mucho tiempo hasta que retornó a su tierra, reentrando en el terreno de la historia. Nunca debemos volver a olvidarlas.

 

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  1. Kierkegaard en realidad dijo: “El tirano muere y termina su mandato, el mártir muere y su rol comienza.” Kierkegaard, Papers and Journals, 352.

La redención en los hijos

La redención en los hijos 

 Los niños nunca han sido muy buenos escuchando a sus mayores, pero nunca han fallado en imitarlos. -James Baldwin

La estructura de la herencia de la Tierra de Israel como se indica en la Torá es inusual. Se basó en la identidad de los hombres de la generación anterior al éxodo de Egipto, pero también depende del número de sus descendientes varones que realmente entraron en la tierra cuarenta años después. Ese territorio fue legado a los hombres que entraron en la tierra basándose en su conexión con sus abuelos. Sin embargo, si pensamos en ello, esto retroactivamente hizo a sus ya difuntos abuelos los dueños de esa tierra que nunca vieron ni pisaron, por el simple hecho de que sus nietos entraron en la tierra.

El Rabino Hirsch en Números 26:55 destaca este fenómeno y enseña dos lecciones de este mecanismo de herencia.

Una, que las promesas de Dios -en este caso, de la tierra de Israel- son tan seguras de suceder, que realmente transmiten un derecho legal y transformaron a la última generación de esclavos judíos en Egipto en los legítimos terratenientes de la tierra aún por ser conquistada y capaz de legarla a sus nietos cuando entren y tomen posesión de esta.

Dos, según las propias palabras del Rabino Hirsch: “Las adquisiciones más grandes y preciosas de padres y abuelos son hijos y nietos que se muestran leales y fieles a su herencia. Tales progenies dan testimonio de los méritos de sus antepasados ​​y expiación por sus defectos “.

La generación del desierto fue una generación particularmente difícil. Habían experimentado el Éxodo, visto las Diez Plagas sobre Egipto, atravesado la División del Mar, y había sido parte de la Revelación de Dios en el Monte Sinaí donde declaró los Diez Mandamientos y presentó a Moisés con la totalidad de la Torá. Sin embargo, resultaron ser un pueblo de cuello duro, creando y adorando al becerro de oro, quejándose y demostrando la falta constante de fe en Dios y Sus preceptos. Esa generación estaba condenada a morir en el desierto. No eran dignos de entrar en la Tierra Prometida.

Sin embargo, incluso con una decepción tan histórica, debieron haber hecho algo bien, porque sus hijos entraron y heredaron la tierra. Los hijos eran dignos y habían recibido instrucción de sus padres.

El Rabino Hirsch elabora: “… que a los hijos se les dio la tierra solamente como herederos de sus padres y como portadores de sus nombres, demuestra que, a pesar del error que les había costado a sus padres el derecho de entrar en la tierra, estos mismos padres, – durante treinta y ocho años de vagar por el desierto, habían implantado el espíritu correcto en la nueva generación “.

Nos guste o no, nuestros hijos a menudo copian y aprenden de nosotros, para bien o para mal. Sin embargo, también pueden ser una fuente de redención, corregir los errores que no tuvimos la oportunidad, sabiduría o fuerza para corregir, pero sin embargo deseamos.

Que podamos apreciar las lecciones positivas y el modelo de nuestros padres y podamos aspirar a ser dignos de emulación por la próxima generación.

Shabat Shalom,

Ben-Tzion

Dedicación

A nuevos colegas y amigos en la costa oeste, y sus hijos.

Rabino Sacks Pinjás 5777 – Influencia y poder

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Influencia y poder

Pinjás –  2017 / 5777

Rabino Sacks Pinjas 5777 [PDF]

Sabiendo que está por morir, Moshé se dirige a Dios y le pide que nombre a un sucesor: Moshé dijo al Señor: “Que el Señor, Dios de los espíritus de la humanidad, nombre a un hombre por sobre esta comunidad para que entre delante de ellos, los lidere al salir y entrar, para que el pueblo del Señor no sea como rebaño de ovejas sin pastor” (Num. 27- 15: 17).

Es un gesto clarividente, desprovisto de egoísmo. Como comenta Rashi: “Esto es para expresar el elogio de los justos – que cuando estén por dejar a este mundo, dejen de lado sus necesidades personales y se preocupen por las de la comunidad.” Grandes líderes piensan en el futuro a largo plazo. Se preocupan por la sucesión y la continuidad. Fue así con Moshé. Dios le dice a Moshé que nombre a Yoshua, ‘un hombre en el que hay espíritu’. Le da instrucciones precisas de cómo proceder con la sucesión:

            “Toma a Yoshua hijo de Nun, un hombre en el que hay espíritu, y posa tu mano sobre él. Dile que se pare frente a Eleazar el sacerdote y de toda la comunidad y invístelo en su presencia. Dale parte de tu autoridad para que toda la comunidad de los israelitas le obedezca…Bajo su mando él y toda la comunidad de los israelitas saldrá, y bajo su mando, entrará.” (Num. 27: 18-21).

            Aquí se presentan tres acciones: 1. Moshé posa su mano sobre Yoshúa, 2. Debe pararse frente a Eleazar el sacerdote y toda la comunidad y 3. Darle “una parte de tu autoridad (me-hodeja)”. Cual es la significación de este triple procedimiento? Qué nos dice acerca de la naturaleza del liderazgo en el judaísmo?

Existe además un midrash fascinante acerca de la primera y la tercera de estas acciones: Y posa tu mano sobre él – es como prender una vela con otra. Dale una parte de tu autoridad – es como vaciar un receptáculo en otro. (Bamidbar Rabbai 21: 15) Detrás de estas palabras enigmáticas hay una verdad fundamental sobre el liderazgo.

En L’Espirit Des Lois (1748) Montesquieu, uno de los grandes filósofos políticos del Iluminismo, propuso su teoría de la “separación de poderes” en tres ramas: la legislativa, la ejecutiva y la judicial. Detrás de esto estaba su preocupación por el futuro de la libertad en el caso que el poder estuviera concentrado en una sola fuente:

La libertad no florece debido a que los hombres tienen derechos naturales, o porque se rebelan contra los líderes que les exigen demasiado. Florece porque el poder está distribuido y organizado de tal forma que el que esté tentado a abusarlo encontrará restricciones legales en el camino.

La fuente de Montesquieu no fue la Biblia – pero en un verso de Isaías hay una idea sorprendentemente similar:

Pues el Señor es nuestro juez; el Señor es nuestro dador de leyes; el Señor es nuestro Rey; Él nos salvará. (Isaías 33: 22)

Esta división tripartita también puede encontrarse en Devarim/Deuteronomio 17-18 en el pasaje que trata de los roles de liderazgo en el Israel antiguo: el rey, el sacerdote y el profeta. Los sabios luego hablaron de las “tres coronas” – la corona de la Torá, la de los sacerdotes y la del rey. Stuart Cohen, que escribió un elegante libro sobre el tema, Las Tres Coronas, nota que “lo que emerge del texto (bíblico) no es la democracia a través del sistema político, sino una noción clara del hecho de compartir el poder en los niveles más altos. Ni las Escrituras ni los tratados rabínicos más antiguos manifiestan simpatía alguna hacia cualquier sistema de gobierno en el cual un solo cuerpo o grupo posea el monopolio de la autoridad política.”

Las tres vías por las cuales Yoshúa fue propuesto para la función de líder tenían que ver con los tres tipos de liderazgo. Especialmente el segundo de ellos – “Hazlo pararse frente a Eleazar el sacerdote y toda la asamblea y conságralo en su presencia” –  tenía que ver con el hecho de que Moshé no era sacerdote. Su sucesor debía ser formalmente reconocido por el representante del sacerdocio, Eleazar el Sumo Sacerdote.

Poder e influencia frecuentemente se consideran como equivalentes: los que tienen poder tienen influencia y viceversa. En realidad, son bastante distintos. Si tengo el poder total y se me ocurre compartirlo con otras nueve personas, quedo con un décimo del poder anterior. En cambio, si tengo cierta medida de influencia y lo comparto con otras nueve personas, no tengo menos. Tengo más. En lugar de que una sola persona ejerza influencia, ahora hay diez. El poder funciona por división, la influencia por multiplicación.

Moshé tuvo dos roles. Por una parte era equivalente a un rey. Tomaba decisiones clave vinculadas con el pueblo: cómo debían organizarse, qué ruta tomar para las travesías, cuándo y con quién debían ir a la guerra. Pero también era el más grande de los profetas. Transmitía la palabra de Dios.

El rey tenía poder. Gobernaba. Tomaba decisiones políticas, económicas y militares. Los que le desobedecían podían ser ajusticiados. El profeta no tenía ningún poder. No comandaba batallones. No tenía cómo imponer sus ideas. Pero tenía una influencia masiva. Hoy en día, apenas recordamos los nombres de la mayoría de los reyes de Judá y de Israel. Pero las palabras de los profetas nos siguen inspirando por la fuerza de su visión y de sus ideales. Como mencionó Kierkegaard en una oportunidad: Cuando muere un rey, termina su poder; cuando muere un profeta, allí comienza su influencia.

Moshé debía ceder ambas funciones a su sucesor, Yoshúa. “Posa tu mano sobre él” significa: concédele tu rol de profeta, el intermediario a través del cual la palabra de Dios es transmitida al pueblo. Aún en estos días utilizamos la misma palabra, smijá (posar las manos) para describir el proceso mediante el cual el rabino ordena a sus discípulos. “Dale parte de tu autoridad (mehodeja)” se refiere al segundo rol. Significa investirlo del poder que posee como rey. Ahora comprendemos el midrash: la influencia es como encender una vela con otra. Compartir la influencia con otra persona no indica que se tiene menos, sino más. Cuando se utiliza una vela para encender otra, la luz de la primera no disminuye. Ahora simplemente, hay más luz.

Transferir el poder, sin embargo, es como vaciar un recipiente en otro. Cuanto más poder cedes, menos tienes. El poder de Moshé finalizó con su muerte. Su influencia, sin embargo, persiste hasta hoy en día.

El judaísmo tiene una postura ambivalente con respecto al poder. Es necesario. Sin él, como expresó el Rab Hanina, segundo del Sumo Sacerdote, “La gente se comería viva” (Avot 3: 2). Pero el judaísmo hace tiempo reconoció que (parafraseando a Lord Acton), el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. La influencia – la relación del profeta con el pueblo, o del maestro con el discípulo – es ciertamente diferente. Es una situación de sumatoria cero. Tanto maestro como discípulo crecen. Ambos se enriquecen.

Moshé le otorgó a Yoshúa poder e influencia. El primero era esencial para las tareas políticas y militares que se avecinaban. Pero fue la segunda la que transformó a Yoshúa en una de las grandes figuras de nuestra tradición.

Dicho simplemente, la influencia perdura más que el poder.

 

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Bendiciones bien redondeadas

 Bendiciones bien redondeadas

El esfuerzo humano más importante es el esfuerzo por la moralidad en nuestras acciones. Nuestro equilibrio interior e incluso nuestra propia existencia dependen de ello. Sólo la moralidad en nuestras acciones puede dar belleza y dignidad a la vida. -Albert Einstein

Balak, rey de Moab, temeroso de la proximidad de la nación israelí a su frontera, contrata al famoso hechicero Bilaam para maldecir al pueblo de Israel. Bilaam tenía la reputación de maldecir exitosamente a quien quisiera maldecir. Sin embargo, en lo que resulta ser una serie de eventos altamente cómicos, cada vez que Bilaam abre su boca para tratar de maldecir, y contrariamente a su propia voluntad, Dios tiene algunas de las más hermosas bendiciones en toda la Torá para que salgan de sus labios .

Balak lleva a Bilaam a tres lugares diferentes, con la esperanza de que tal vez los diferentes puntos de vista proporcionarán a Bilaam una mejor oportunidad de superar la insistencia divina en la bendición de Israel en lugar de dejar que Bilaam los maldiga.

El Rabino Hirsch en Números capítulos 23 y 24 explica el significado más profundo de cada uno de los lugares desde el punto de vista de Balak y las tres características que buscaba atacar en Israel:

La primera ubicación, los altos lugares de Baal representa lo supremo “fuerza de la naturaleza” y la prosperidad material.

El segundo lugar, el Campo de los Videntes, representa la visión, la prudencia y la previsión; poderes intelectuales y espirituales.

Sin embargo, después de que ninguno de esos ataques tuvo éxito, después de que Balak y Bilaam comprendieran que no había ninguna grieta en la armadura de Israel en esos atributos, buscaron un último ángulo. En palabras del Rabino Hirsch:

“Una nación puede ser bendecida con todos los materiales y dones espirituales concebibles y aún apresurarse precipitadamente en la ruina. La Providencia puede regar sobre ella todos los tesoros, todas las riquezas físicas y espirituales que el cielo ofrece, y sin embargo esa nación puede llevar dentro de sí un gusano que la devora desde el interior para que toda su prosperidad se convierta en adversidad, y no sólo indignos pero también incapaces de recibir y retener las bendiciones de Dios. Este gusano se llama inmoralidad; Es la descarada entrega al sensualismo disoluto “.

Eso es lo que se representa por la tercera y última ubicación, el “Pico de Peor”. En ese momento, Bilaam no pudo encontrar nada malo en la moralidad de Israel y de ahí la fuente de una de las frases más hermosas que él pronuncia, refiriéndose a la pureza moral de Israel, y que se han hecho una parte de nuestro diario Liturgia: ¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob; tus moradas, oh Israel!

El Rabino Hirsch añade que aquellas personas y naciones que respetan y promueven los principios por los que Israel se encuentra, recogerán todas las bendiciones de la abundancia material, una vida intelectual y espiritual rica, basada en una existencia moral clara.

Que podamos esforzarnos y lograr esos objetivos.

Shabat Shalom,

Ben-Tzion

Dedicación

A Budapest, una ciudad hermosa, dotada de muchas bendiciones.

Rabino Sacks Balak 5777 – Un pueblo que vive solo

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Un pueblo que vive solo

Balak –  2017 / 5777

Rabino Sacks Balak 5777 [PDF]

Uno de los comentarios más profundos e influyentes que se haya dicho sobre el destino del judaísmo fue expresado por el profeta pagano Bilaam en la parashá de esta semana:

Los contemplo desde las cimas de las montañas,

Los observo desde las alturas,

vean, es un pueblo que vive solo,

no considerado entre las naciones. (Num. 23:9)

Para muchos – judíos y no judíos, tanto admiradores como críticos – esta frase parece sintetizar la situación judía: un pueblo que queda fuera de la historia y de las leyes normales que gobiernan el destino de las naciones. Para los judíos era motivo de orgullo. Para los no judíos fue con frecuencia una fuente de resentimiento y odio. Durante siglos los judíos en la Europa cristiana fueron tratados, parafraseando a Max Weber, como un “pueblo paria.” Todos coincidían en que los judíos eran diferentes. La pregunta es cómo y por qué. La respuesta bíblica es sorprendente y profunda.

No es que fueron sólo los judíos los que conocieron a Dios. Ese no es ciertamente el caso. Bilaam – el mismo profeta que emitió esas palabras – no era israelita. Tampoco lo eran Abimelej ni Laban, ante quienes aparece Dios en el libro de Génesis. Malkizedek, contemporáneo de Abraham, rey de Shalem (la ciudad que luego se convirtió en Jerusalem) fue descrito como sacerdote del más alto Dios. Jetro, el suegro de Moshé, era un importante sacerdote midianita, y sin embargo la parashá donde está relatado el momento supremo de la historia judía – la revelación del Monte Sinaí – lleva su nombre. Hasta el Faraón que gobernaba a Egipto en los tiempos de Yosef, dijo de este último: “Podremos encontrar algún hombre como él, en el que esté el espíritu de Dios?”

Dios no sólo se presenta ante los judíos, los miembros del pueblo del pacto. En  la consagración del Templo, el rey Salomón efectuó el siguiente pedido:

En cuanto al extranjero que no pertenece a Tu pueblo Israel pero que ha venido de lugares distantes debido a Tu Nombre – pues los hombres oirán acerca de Tu gran nombre y Tu mano fuerte y Tu brazo extendido – cuando viene y reza hacia este templo, y luego escucha desde el cielo, el lugar de Tu morada, y que Tú harás lo que el extranjero pida de Ti, para que todos los pueblos de la tierra puedan conocer Tu nombre y temerte, como lo hace Tu pueblo Israel, y que puedan saber que esta casa que he construído lleva Tu Nombre.

Los sabios continuaron esta gran tradición cuando dijeron que “los justos de las naciones del mundo tendrán su parte en el mundo venidero.” Yad Vashem, el museo del Holocausto en Jerusalem, tiene más de veinte mil nombres de benefactores no judíos que salvaron vidas durante los años del Holocausto.

Tampoco significa que el pacto de Dios con los hijos de Israel hace que éstos sean más justos que otros. Malají, el último de los profetas, lo expresó con  impactantes palabras: Desde donde sale el sol hasta donde se pone, Mi nombre es honrado entre las naciones, y en todos lados presentan incienso y ofrendas a Mi Nombre, pues Mi Nombre es honrado entre las naciones, dice el Señor de las Huestes. Pero tu lo profanas…(Malají 1:11-12)

Las principales escuelas del pensamiento judío tampoco visualizaron la elección como si fuera un privilegio. Era, y es, una responsabilidad. La clave está en la famosa profecía de Amós:

Solo a ti te he elegido

de todas las familias de la tierra –

Es por eso que te reclamaré

Por todas tus iniquidades (Amos 3: 2)

            Dónde, entonces reside la singularidad judía? La clave está en la expresión precisa de la bendición de Bilaam: “Vean, es un pueblo que vive solo.” Porque fue como pueblo que Dios eligió a los descendientes de Abraham: como el pueblo con el que hizo el pacto en el Monte Sinaí; como el pueblo que Él rescató de Egipto, le dio las leyes y entró en su historia. “Tú serás para Mí” dijo en el Sinaí “un reino de sacerdotes y una nación santa.” El judaísmo es la única religión que coloca a Dios en el centro de la autodefinición como nación. Los judíos son la única nación cuya identidad misma se define en términos religiosos.

Muchas otras naciones del mundo antiguo tenían sus dioses nacionales. Había otras religiones – el judaísmo tiene dos fes hijas: el cristianismo y el Islam – que creían en un Dios universal y en una religión universal. Sólo el judaísmo creía, y aún cree, en un Dios universal accesible a todos, pero que se manifiesta mediante una peculiar forma de vida y un destino de un pueblo particular y singular:

Ustedes son Mis testigos, declara el Señor, y mi servidor a quien he elegido…

Ustedes son Mis testigos, declara el Señor, que Yo soy Dios. (Isaías 43: 10-12)

            Israel, con su historia y sus leyes, serían los testigos de Dios. Testigos de algo más grande que ellos mismos. La historiadora Barbara Tuchman escribió:

La historia de los judíos es…intensamente peculiar por el hecho de haber dado al mundo occidental el concepto de orígenes y de monoteísmo, sus tradiciones éticas y el fundador de la religión prevalente, aún sufriendo la dispersión, sin estado propio, bajo incesante persecusión, y por último en nuestros tiempos, un casi exitoso genocidio, y continuó con la dramática concreción del nunca abandonado sueño del retorno a la tierra natal. Viendo esta extraña y singular historia uno no puede evitar tener la impresión de que debe contener una significación especial para la historia de la humanidad, y que de alguna forma, ya sea que uno crea o no en el propósito divino o en circunstancias inescrutables, los judíos han sido elegidos para llevar a cabo la expresión del destino de la humanidad.

            Por qué motivo, si Dios es el Dios del universo, accesible a todo ser humano, debía elegir a una nación como testigo de Su presencia en el ámbito de los seres humanos? Esta es una pregunta muy profunda. Y no tiene una respuesta simple. Pero al menos parte de la respuesta, creo, es ésta: Dios es un Otro absoluto. Por lo tanto eligió un pueblo que sea el “otro” de la humanidad. Eso es lo que eran los judíos – diferentes, distintivos, extranjeros, un pueblo que nadaba contra la corriente y que desafiaba a los ídolos de la era. El judaísmo es la voz contraria en la conversación de la humanidad.

Durante dos mil años de dispersión, el judío fue el único pueblo que como grupo, se negó a asimilarse a la cultura dominante o convertirse a la fe dominante. Como consecuencia, sufrieron, – pero lo que aprendieron no fue solo para ellos. Demostraron que una nación no necesita ser poderosa ni grande para ganar el favor de Dios. Mostraron que una nación puede perder muchas cosas – tierra, poder, derechos, hogar – y a pesar de ello no perder la esperanza. Mostraron que Dios no necesariamente está del lado de los grandes imperios o de los ejércitos más numerosos. Mostraron que una nación puede ser odiada, perseguida, envilecida y sin embargo amada por Dios. Mostraron que para cada ley histórica hay una excepción y lo que cree la mayoría en un momento dado puede no ser necesariamente cierto. El judaísmo es el signo de pregunta de Dios frente a la sabiduría convencional de la época.

No es destino fácil ni cómodo ser “el pueblo que vive solo”, pero es un destino desafiante e inspirador.

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Vieja Ley Eterna

 Vieja Ley Eterna 

No hay salvación en adaptarse a un mundo el cual está loco. -Henry Miller

La Torá está llena de leyes arcanas, muchas de las cuales ya no se aplican en nuestros días y tiempo. Una de las leyes más esotéricas y menos comprendidas es la de la Vaca Roja. La Torá prescribe un ritual inusual que se llevaba a cabo en los tiempos del Templo.

Una vaca completamente roja era tomada y sacrificada. La vaca era entonces quemada junto con madera de cedro, hisopo y lana escarlata. Las cenizas resultantes se mezclaban entonces con agua de una fuente fresca. Todo este proceso se llevaba a cabo en un estado de extrema pureza ritual, sin embargo los involucrados en la preparación se convertían en impuros. Esta mezcla de agua tenía la capacidad única y exclusiva de purificar a cualquier persona que se había contaminado ritualmente por cualquier contacto con los muertos.

El Rabino Hirsch en Números 19:10 destaca que la conclusión de la Torá a esta sección es inusual. Afirma que “… para ellos será un estatuto eterno”. Concluyendo esta ley de manera tan contundente, la Torá viene a enseñar una lección mucho más profunda que simplemente redactar un ritual que no se aplicaría a la mayor parte de la historia judía . Viene a afirmar que hay un aspecto eterno a la ley. El aspecto eterno no es necesariamente que se repita la fórmula de purificación, sino que la ley misma, junto con toda la Torá, es de origen divino. Y por lo tanto, que fundamental para nuestras vidas es la firme creencia de que la Torá y sus leyes son de valor eterno. Hay lecciones continuas que aprender de la Torá, por todas las personas, en todas las edades. Pero el primer paso es una creencia real en la naturaleza divina y eterna de la Torá.

El Rabino Hirsch afirma que en este caso “el dictamen de la Vaca Roja proclama el principio de expiación y el principio fundamental de que toda autoridad se basa en la Ley y que todas las esperanzas para la salvación de Israel son dependientes del reconocimiento de Israel de la Ley como una norma eterna”.

Que aprendamos y apliquemos con éxito las antiguas lecciones de la Torá en nuestras propias vidas.

Shabat Shalom,

Ben-Tzion

Dedicación

A la eventual separación de la Religión y del Estado que ciertas acciones políticas están acelerando.