Rabino Sacks Terumá 5776 – El don de dar

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

El don de dar

Terumá – 13 de febrero, 2016 / 4 Adar I 5776

Rabino Sacks Teruma 5776 [PDF]

Fue la primera casa de culto de los israelitas, el primer hogar que le hicieron los judíos a Dios, pero la sola idea está plagada de paradojas y aun de contradicciones. Cómo se puede construir una casa para Dios? Es más grande que cualquier cosa que podamos imaginar, ni hablemos de construir.

             El rey Salomón lo puntualizó cuando inauguró otra casa de Dios, el Primer Templo: “Pero realmente vivirá Dios en la tierra? Los cielos, aún el cielo más alto no Lo pueden contener, cuánto menos esta casa que construí!” (Reyes 8: 27) De la misma forma Isaías, en nombre de Dios mismo dice “El Cielo es mi trono, y la Tierra mi banquillo. Qué casa puedes construir para Mí? Dónde estará Mi lugar de reposo? (Is. 66: 1)

No sólo parece imposible construirle una casa a Dios, sino que sería innecesario. Al Dios de todo lugar puede accederse en cualquier parte, tanto en el pozo más profundo como en la montaña más alta, en un barrio humilde como en un palacio de oro y mármol.

La respuesta, y esto es fundamental, es que Dios no vive en las construcciones, sino en los constructores. No vive en estructuras de piedra sino en el corazón humano. Lo que los sabios y místicos judíos puntualizaron en nuestra parashá es que Dios dice “Que ellos me construyan un santuario para que yo viva en ellos” (Ex. 25: 8) no “que Yo viva en él.”

Para qué ordenó entonces Dios que le construyeran un santuario? La respuesta dada por la mayoría de los estudiosos, e insinuada por la Torá misma, es que Dios lo ordenó específicamente por el pecado del becerro de oro.

El pueblo construyó el becerro después de que Moshé había estado en la montaña durante cuarenta días esperando recibir la Torá. Mientras estaba Moshé con ellos, sabían que él se comunicaba con Dios, y Dios con él, por lo cual Dios estaba cerca, accesible. Pero cuando Moshé se ausentó por casi seis semanas, entraron en pánico. Quién más podría cubrir la brecha entre ellos y Dios? Cómo recibir sus instrucciones? A través de qué intermediario podrían hacer contacto con la divina presencia?

Es por eso que Dios le dijo a Moshé, “Deja que Me construyan un santuario para que Yo pueda morar entre ellos.” Aquí la palabra clave es sh-j-n, morar. Nunca antes había sido utilizada en referencia a Dios, y luego se transformó en una palabra clave para el judaísmo mismo. De ella derivó la palabra Mishkan, santuario y Shejiná, la divina presencia.

Lo central para su comprensión es la idea de cercanía. Shajen en hebreo significa vecino, la persona que vive al lado. Lo que los israelitas necesitaban y lo que Dios les dio, era sentirse tan cerca de Dios como del vecino de al lado.

Eso es lo que tenían los patriarcas y las matriarcas. Dios habló a Abraham, Isaac y Yaakov, a Sara, Rebeca, Raquel y Lea íntimamente, como un amigo. Le dijo a Abraham que Sara iba a tener un hijo. Le explicó a Rebeca por qué tenía dolores tan agudos durante el embarazo. Apareció ante Yaakov en un momento clave de su vida diciéndole que no tema.

Esto no es lo que había pasado con los israelitas hasta ese momento. Habían visto cómo Dios mandó las plagas a los egipcios. Habían visto cómo partió las aguas, como mandó el maná del cielo y sacó agua de una roca. Escucharon Su voz imponente en el Monte Sinaí que era casi insoportable. Le dijeron a Moshé “Háblanos a nosotros y escucharemos. Pero que no nos hable Dios porque moriremos.” Dios se les había aparecido como una presencia sobrecogedora, una fuerza irresistible, una luz tan brillante que mirarla enceguecía, una voz tan fuerte que ensordecía.

Entonces para que Dios fuera accesible, no sólo para los pioneros de la fe, – patriarcas y matriarcas – sino para cada miembro de la gran nación, había un desafío, digamos, para Dios Mismo. Debía hacer lo que los místicos judíos llamaron tzimtzum, “autocontracción”, que disminuya Su luz, que baje Su voz, que oculte Su gloria tras una densa nube, y permita que el infinito tome las dimensiones de lo finito.

Pero eso, digamos, era la parte sencilla. Lo difícil nada tenía que ver con Dios y todo que ver con nosotros. Cómo hacemos para sentir la presencia de Dios? No es difícil si uno se para al pie del Monte Everest o viendo el Gran Cañón del Colorado. No hay que ser muy religioso, incluso nada religioso para experimentar asombro ante la presencia de lo sublime. El psicólogo Abraham Maslow, a quien mencionamos en este sitio hace un par de semanas, habló de las “experiencias cumbre”, y las vio como la esencia del encuentro espiritual.

Pero cómo se siente la presencia de Dios en medio de la vida diaria? No desde la cima del Monte Sinaí sino desde la llanura que lo rodea? No cuando está envuelto en relámpagos y truenos como en la gran revelación sino como en el transcurso de  un día entre tantos otros?

Este es el secreto transformador del nombre de la parashá, Terumá. Significa “una contribución”. Dios le dijo a Moshé: “Diles a los israelitas que den una contribución para Mí. Vas a recibir una contribución para Mí, de todos aquellos cuyo corazón les impulse a dar. (25: 2) La mejor forma de encontrar a Dios es dar.

El propio acto de dar fluye de, o conduce a comprender que lo que damos es parte de lo que se nos ha dado. Es una manera de agradecer, un acto de gratitud. Esa es la diferencia en la mente humana entre estar en presencia de Dios o estar en ausencia de Dios.

Si Dios está presente, significa que lo que poseemos es de Él. Él creó el universo. Él nos hizo. Él nos dió la vida. Él nos insufló el mismo aire que respiramos. En todo nuestro derredor está la majestad, la plenitud de la generosidad de Dios: la luz del sol, el oro de la piedra, el verde de las hojas, el canto de los pájaros. Eso es lo que sentimos al leer los grandes Salmos de la creación en el rezo matutino diario. El mundo es la galería de arte de Dios, y Sus obras maestras están por doquier.

Cuando la vida es un don,  se lo reconoce retribuyendo.

Pero si la vida no es dada porque no hay un Dador, si el universo entró en existencia sólo por una fluctuación aleatoria del campo cuántico; si no hay nada en el universo que sepa de nuestra existencia; si no hay nada en el cuerpo humano más que una cadena de letras del código genético y en la mente humana más que impulsos eléctricos del cerebro; si nuestras convicciones morales son mecanismos propios de autoconservación y nuestras aspiraciones espirituales meros espejismos, entonces es difícil sentir agradecimiento por el don de la vida. No hay don si no hay dador. Hay solamente una serie de accidentes sin sentido, y es difícil sentir gratitud por un accidente.

Por lo tanto, la Torá nos dice algo simple y práctico. Debes dar, y llegarás a ver la vida como un obsequio. No es necesario comprobar que Dios existe. Todo lo que debes hacer es dar gracias por tu existencia –  lo demás ya vendrá.

             Es así como Dios se acercó a los israelitas a través de la construcción del santuario. No hace referencia a la calidad de la madera, de los metales ni de los revestimientos. No tiene que ver con el brillo de las joyas del pectoral del Sumo Sacerdote. No importa la belleza arquitectónica ni el aroma de los sacrificios. Es por el hecho de que fue construido mediante los aportes  “de todos aquellos cuyo corazón les impulsó a dar” (Ex.25: 2). Donde el pueblo da voluntariamente uno a otro y a las causas sagradas, es ahí donde yace la divina presencia.

             De ahí la palabra especial con que se denomina a la parashá de esta semana: Terumá. Lo traduje como “contribución” pero en realidad tiene un significado ligeramente distinto para el cual no hay palabra equivalente en nuestro idioma. Es “algo que eleva” por la dedicación a una causa sagrada. Tú lo elevas y luego resultas elevado. La mejor forma de escalar las alturas espirituales es simplemente dar, en agradecimiento a lo que te han dado.

Dios no vive en una casa de piedra. Vive en el corazón de los que dan.

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